lunes, 9 de mayo de 2011

Silencio



¿Cómo se escribe el silencio? ¿Hay algunas palabras para expresarlo? No lo niegues, es imposible. El mero hecho de pronunciar una palabra hace que el silencio deje de existir. ¿Por qué tratamos, pues, de perseguir algo tan fugaz? ¿Por qué no le dejamos a él hablar? Tiene tanto  que contarnos, tantas frases que devorar... Pero, en cierto modo, el silencio es la meta en nuestras vidas. Nacemos entre llantos de dolor, vivimos tratando de buscar el silencio en algún rincón donde se pueda escapar, pero algo lo mata siempre. Desde el gemido de un violín hasta el rumor del agua o el canto de las hojas besando el suelo. Luchamos por escucharlo y no escucharlo a la vez. Y no es hasta que morimos que podemos llegar a alcanzarlo. Vivimos para morir, morimos para entender la vida que ya ha pasado sin poder después añorarla. Si algo es realmente el sentido de la vida es ese silencio que tras la muerte entendemos. Opino que el silencio es en realidad el sonido más bello que existe, tan bello que nosotros no somos capaces de comprenderlo y por eso no escuchamos nada. Y aún así, curiosamente, lo intuimos. Hay veces que el silencio llena y reconforta nuestras almas. Hay veces que el silencio florece en nuestro corazón. Por eso, silencio. Hablo de él, trato de explicarlo, pero soy inútil, pues así no hago más que matarlo. Por eso acabo aquí, pero este canto no lo hace. Hay que leer entre cada línea, entre cada palabra y cada letra. Decidme, ¿que  entendéis vosotros en la nada que hay allí escrita? Y cuando la música deje de sonar, nada acabará hasta que queráis. Esto no acabará hasta que decidáis romper el silencio,

jueves, 28 de abril de 2011

En el nombre de los espíritus vacíos



Eran dos. Uno era frío, el otro daba calor. Eran lo blanco y lo que no tenia color. Eran diferentes, pero se amaban. No se conocían, pero se deseaban. Habían escuchado en el rumor del viento el nombre del otro. Y fue una brisa de medianoche los que le llevó a encontrarse. Bebían del mismo río, pero no lo podían cruzar. Vivían en el mismo bosque, pero no se podían abrazar. Caminaban orillas diferentes, con la cabeza vuelta y sonriéndose el uno al otro bajo los rayos del sol. Corrían y reían. Buscaban el nacimiento de ese cauce que los separaba para poder cruzar al otro lado y alcanzarse, sin desesperarse. Mientras descansaban, una pequeña paloma revoloteaba entre ellos, con una rama de cerezo como si de un mensaje únicamente comprensible entre ellos se tratase. La rama era siempre la misma, nunca se marchitaba, pues se alimentaba de la energía de sus corazones. Y caminaban. Cada vez que se miraban el río se parecía más a un arroyo. Los peces bailaban y saltaban, impacientes. Aún no habían cruzado una palabra, pero ambos se guardaban la primera a que acabara la espera y pudieran susurrarselas al oído. Cuando la luna les mecía en la noche, lentamente se sentaban y se reflejaban en los ojos del que estaba al otro lado, esperando a ver quien desaparecía primero devorado por los párpados del otro llenos de cansancio. Pues no había prisa. Las flores nacían y se marchitaban, el campo se volvía amarillo. Las hojas morían y arropaban el llano hasta que la nieve se acostaba con él. Y las flores nacían de nuevo de esa muerte y danzaban. Poco a poco, el arroyo pasó a ser fuente, y los dos, tanto lo blanco como lo que no tenía color, alcanzaron el final, esperando que fuera el principio del río. Lo blanco quería a lo sin color, y mostró en su palma reluciente la ramita de cerezo llena de pétalos que lo incoloro le había regalado con su paloma la noche de antes. No pudo esperar más, y lo blanco corrió con todo su amor hacia la otra orilla, con la ramita en la mano. Lo que no tenía color abrió sus brazos mientras escuchaba el ritmo de los pasos junto a los latidos de su corazón. Pero las nubes negras, envidiosas de la albura de aquel blanco puro, cubrieron toda luz, su lluvia descargaron y el arroyo comenzó a crecer hasta convertirse en un torrente de agua con furia desmedida. La corriente sorprendió a lo blanco despistado y se lo llevó, y lo incoloro de su grácil mano lo agarró. Lo blanco sollozando y con la visión del rostro incoloro de su amado amigo traspasando las lágrimas de sus ojos soltó su mano y desapareció entre las desbocadas aguas. Y todo cesó. El sol volvió a su trono y descubrió con sus rayos a aquel que no tenía color plañendo con la ramita de cerezo en su mano. Gritó con furia y desesperación, quemó la rama y todo lo que ésta conoció, huyó, huyó lejos buscando consolación. Pero nadie jamás supo comprender su color. Ya no era un color sin sentido, ahora estaba lleno de amargura y desolación. Dicen que volvió al río donde la blancura conoció. Dicen que poco a poco su color se fue volviendo translúcido, transparente, invisible. Dicen que, finalmente, se disolvió y se fundió con el río donde lo blanco yacía en el alba. Y que allí, en el rumor del agua consiguió decirle el misterio que guardaban sus labios. Era un simple "Te quiero", solo que ahora no habrá nadie para escucharlo. No habrá nadie para contestarlo. Pero nunca se cansará de cantarlo.

martes, 26 de abril de 2011

Estepas de la noche

Es él. Es ese ciervo comiendo de mis letras. Esa luz en su mirada. Ese brillo soleado. Esa mirada lunática. Ese ruido de piedras salvajes que esperan el fuego incandescente de la vida. Esa vida amenazante que ruge desesperada contra el viento infierno. Eso es, eso. La valla de dos mundos mal amados, de odio y miedo inspirador. De dicha y gloria. Y dicha gloria no existente sinceramente. Ando.

¿Que hallo andando? Estepas encerradas en lo mismo de siempre. Porque siempre es lo mismo que nunca, y nunca es lo mismo que otra vez, por siempre. Corro.

¿Que hallo corriendo? Cansancio sin presencia. ¿Y que presencia? Una serpiente en el camino, un camino serpenteante. De sabia salud par algunos, de venenosa muerte para otros. Otros son algunos, yo soy algún otro. Y alguno que otro muere en su ausencia, canta sin carencia. Salto. Y no puedo. Abro.

Dos mundos cerrados. Dos postigos sellados. Una puerta entreabierta, una llave sedienta. El placer del destino sufrido. Por lejos que esté la cerradura nunca habrá dos iguales, todas impares, siete señales. Encuentro.

Y hallé lo que buscaba. No ha habido puerta que se me detenga. Incontables árboles, incontables sueños. Me abruman. El camino no puede ser cierto. Llevo una eterna hora en este bosque desierto. Anochece. Pero no me doy la vuelta, pues en mí anoche.

Dos caminos, dos destinos. Pero yo sigo el que digo. La luz de la aldea me acompaña en mi canto. No me encuentro solo siguiendo mi final. La luz agonizante del alba retardante que dio la media vuelta para que yo pueda volver amarte brilla al final del bosque. Y te oigo al fin.

Oh. Calma de mi ausencia. ¿Por qué no brillas más por mi? ¿Por qué me dejas en la oscuridad sin retorno y sin fin? Árboles sin sino, no ocultéis mi camino.Ya, blanca, no te encuentro entre la noche femenina. Por ayer y por mañana sin duda este es mi fin. Hasta el uno de mayo, pero hoy dormiré aquí.

lunes, 4 de abril de 2011

Ahora, hasta el momento en el que muera




Soy yo, ¿me recuerdas? Siempre estuve aquí. Y es algo que siento que no miento.

No estás en mis ojos. Desaparece de mi mirada. Apártate. Arde en fuego lento. Déjame escoger entre un mar de llamas las rosa más delicada. Déjame ver cómo sus cenizas se las lleva el viento. Déjame ver en el humo tu figura fugitiva. ¡Y desvanécete! ¡Márchate! ¡No cubras el sol, humo de la mentira! ¡Algo ocurrió! ¡Mi fuerza no es un simple girasol que gira ante un astro tapado por vapor! ¡Es el alma de todo ser viviente que lucha por morir en un campo de espinas! Soy el vidrio de tu mirada condenada. Reflejo en un reloj la hora de tu destino incomprendido, de los hilos de nuestra adicción y la tela de nuestra misión que siempre acaba en fracaso. Soy el desierto de un jardín anticuado, de hiedra marchita que recita poemas a la nada que nunca acaba, a la sangre que hierve en mis restos finados ya por el tiempo en verso. Soy el incienso de tu funeral anticipado, el que vive en los pulmones de los que, a diferencia de uno, pudieron atreverse a mirar con sorna tu féretro sin llegar a verte. El que vigila y escucha...el que juzga en silencio. El que finge ser un ser fingido. El que con plumas del futuro presenta tu pasado consumido. Y el que fatalmente te apuñala cuanto mas lejos te encontraba. Esa estatua maliciosa con mirada perniciosa que siempre se vuelve a mirar como un ventrílocuo inocuo que decide su propio camino libre de ataduras del señor ya perdido. No, nunca serás la amiga de las estrellas ni el amigo del corazón que sin razón gobernaba las teselas de la mente sufrida ya en el agua de la emoción. Aún mi fuerza no ha acabado: está latente en el único sentimiento que nunca miento y que aún no has conocido. ¡La furia! ¡De las furias que con cantos irreverentes por llegar a volver a verte llevan mi alma a curtirse en el fuego del infierno purgatorio al que llamamos oratorio! ¡Las que viven en todos lados donde haya querer! ¡Las que obligan a dejar de ser! ¡Las que, alimentándose de mi amor nunca cerrado se apoderan de quien quiere hacerte caer...!

En realidad miento, lo siento... Nunca estuve allí, no me recuerdas. Porque sabes que no soy yo, se lo llevó el viento. 

viernes, 25 de marzo de 2011

Las lágrimas del viento

El viento corre...todo lo agita...Mas creemos que el alma no se estremece ante él, pero es lo primero que encuentras. Después te hace cerrar los ojos...y escuchas. Tu boca se cierra...y sientes. Por último...respiras hondo. Cuatro sentidos son necesarios para entenderlo: oído, tacto, olfato, y ese cuarto que todo el mundo y a la vez nadie conoce, ni yo. Es único para cada persona. Es único para cada ser. Las hojas de los árboles primaverales nacen y cantan canciones para el viento. Éste las cuida y las mece lentamente. Sabe cuál es su destino, sabe que llegará el día en el que, decoloradas ya por la experiencia, tendrá que observar impotente como se entregan a él muriendo para que sus hijas puedan ver la luz del sol en el futuro, sin dolor alguno para ellas. Las hojas sonríen inocentes viendo como las flores se perfuman y juegan a ser mariposas con ellas, y el viento culpable le pide a la dama del agua, suplicante, que expíe su culpa. Ésta no parece escucharle ni hacerle caso, así que el viento, desesperado, grita y duerme. Pero cuando llega el amanecer, las hojitas pequeñas despiertan lentamente y se encuentran con un regalo: una gotita de agua que refleja su alma, una amiga con la que jugar hasta que el sol reine la colina. El viento, desconcertado le pregunta a la dama: "¿Por qué?" Ésta sonríe y le dice: "Éstas son, sin duda alguna, tus lágrimas. No podrás jamás evitar ver el final de tus queridas hojas: la naturaleza lo quiso así. Pero ese sufrimiento no será en vano, ya que harás que el amanecer de sus vidas sea, por siempre, el más hermoso y envidiado de todo ser. Sufre, llora, ríe y sobre todo canta, canta para que nadie olvide tu memoria. Canta para que las hojas beban del rocío de tus lágrimas y duerman de tu sonrisa, todavía queda mucho para que el tiempo las vista de su luto marrón. Y cuando así sea, tiende tu mano para que recuerden que son hijas del viento." Éste, alegre y acicalado con el perfume de las flores, acaricia las hojas queridas y da vida a los pequeños brotes verdes. Y yo, comprendiendo a mi sibila y agradeciendo su cantar, abro los ojos. Abro la boca. Me agacho sigilosamente y pruebo el rocío. Es frágil como el corazón del viento, que todos los años llora, pero le pregunto a mi sibila...¿es de amor y alegría ya? Y la pregunto después: ¿cuál será la canción que ella escuche en el rumor de las hojas?...Ya no importa...tábula rasa, nada más.

lunes, 21 de marzo de 2011

Ostara

Tábula rasa...

Es 21 de marzo: el equinoccio de primavera. Tiempo de comer tortitas y cerveza, pero no queda mucho para eso hoy en día. Nadie ha parado a pensar en el nacimiento de las flores ni en el color de la luna de hoy. Aun así, las nubes siguen su curso y no piensan en nadie. Ríen...lloran...son libres de existir. Nadie ha pensado en que hoy es un día para la amistad y el equilibrio, nadie ha pensado en que por algo la luz y la oscuridad hoy se abrazan. Lo blanco, lo negro... El roble, el acebo...Y no obstante, se entreve el pecado en el horizonte, la inconsciencia y la amargura. Hoy las semillas de la tierra han florecido y todo lo que será es lo que ha sido ya, lo que está plantado fue ya enterrado y maduro, pero curiosamente, volvió a ser semilla...¿por qué? No es tan lejano como parece...nosotros somos esas semillas, lo fuimos y lo seremos...y siempre queremos volver a serlo. Somos los hijos de la primavera. Así pues, lo acepto y recojo la energía que no he empleado en el invierno. Lejos de estar dormido, o en coma, aumento mi pesimismo y florece un lirio negro. Lo deshojo y pienso: ¿cuál será su flor? Un lirio no funciona...Y sumido en su aroma azabache tomo mi decisión. Hora de algo nuevo para mi: hora de hacer tábula rasa...